La pregunta sempiterna de Poncio Pilatos.

El movimiento #YoSoy132, originado en Twitter y difundido por otros medios, persigue un ideal afin al pensamiento de muchos jóvenes que exigen veracidad de información y la transparencia de lo que realmente ocurre, en busca de la verdad.

Aunque particularmente concuerdo con los propósitos de dicho movimiento, pienso que hace falta mucho más que una serie de marchas para cambiar al país. Hablamos de un movimiento de carácter apartidista y que en esencia no está en favor de ningún candidato o partido político por ende.

Pero entonces ¿Qué es lo que se busca con estas manifestaciones en caso de que logren su cometido? ¿Que impere la anarquía? ¿Que gobierne alguien distinto a los candidatos impuestos por partidos políticos e IFE, cuya identidad permanece hasta ahora desconocida? ¿Qué verdad es la que se persigue? ¿Cuál es el propósito real de todo ésto?

Habla alguien que piensa seriamente en anular su voto, pero que considera en demasía cada alternativa, cada crítica, ya sea la expuesta o ya sea pues la que se recibe. Este movimiento debe estar abierto al debate sobre el dilema que supone no votar por nadie y dejar en manos de la gente que no está informada una decisión que puede resultar crucial para el desarrollo del país; abierto pues también a la retroalimentación y a la autocrítica, siempre en búsqueda de esa verdad, aún desconocida para muchos e inclusive por muchos de los que forman parte de ésta gran iniciativa.

Dicho esto, pues, yo pregunto:
¿Qué es lo que estamos buscando con ésto?

¿Qué es, por principio de cuentas, la verdad?

¿Crisis?

Se dice que el país está en crisis. Que está desolado por la ausencia de seguridad, la inflación, la falta de empleo entre otras cosas. ¿Quién lo dice? Casi todos lo hacen. Que la situación no puede ser peor, que el país está retrocediendo en vez de estar avanzando, que el presidente se ha concentrado en combatir al crimen cuando hay necesidades y hay cosas que no están siendo atendidas como deberían.

Mucho se comenta que el campo necesita más oportunidades de desarrollo, que requiere de más esfuerzo e inversión y que requiere de más interés del gobierno en desarrollarlo. En particular, mucho he escuchado de las personas que buscan un puesto político que “vamos a reactivar el campo, a dar poder ejidatario a quien trabaja la tierra, a dar prioridad al asunto de la agricultura en nuestro país y a combatir las injusticias de las que forman parte que dejan en la tierra cada gota de su sudor y cada ápice de su esfuerzo para que el país tenga como alimentarse”. ¿Les suena familiar el discurso? Al menos a mí sí: es el argumento que más he escuchado de los candidatos a diputados, presidentes municipales, gobernadores, senadores y presidentes nacionales. ¿Pero qué es lo que pasa? Nada. Todo sigue tal cual como estaba al momento de empezar el mandato de quien “ha ganado” las elecciones. Léase “ha ganado” así marcado, como va entre comillas, porque para nadie es secreto que el nivel de abstencionismo de voto en este país está por los cielos porque la gente está harta de que la clase política utilice los recursos que obtienen de sus impuestos (léase “impuestos” en su significado LITERAL, de acuerdo al verbo de donde proviene la palabra) para enriquecerse a expensas de la misma gente. Mucho tiene esta gente qué cuestionar a la clase política, pero poca participación ciudadana hay con respecto a ésto; porque, aún a pesar de que se sienten inconformes con el gobierno, de que se sienten marginados por sus acciones y vulnerados por las reformas a la ley que en vez de beneficiar al pueblo le perjudican un poco más cada vez, aún así la gente se conforma, se resigna a no alzar su voz, a no exigir un cambio, a no reclamar sus derechos, su derecho a una buena vida.

Cabe destacar, y ése es el punto de este escrito, que hay gente decidida a no exigir cuentas, ya sea por la resignación de la que he hablado, o ya sea porque la gente inconscientemente ha aprendido a transformar su resignación en conformidad con lo que ocurre alrededor. Sí. Conformidad. Que se conforman con lo que está pasando, que no piensan hacer nada para cambiarlo, QUE LE DAN EL VISTO BUENO A TODO porque creen que no está en ellos, en la opinión de cada uno como individuo, el lograr hacer una diferencia que se marque de forma relevante.

Sí, el país está pasando por una serie de crisis importantes. Alimentaria, económica, adquisitiva, política, entre muchas otras; y esto se debe en gran parte a gente corrupta que se vale de otros para lograr llegar a donde quieren: arriba de los demás. O mejor dicho, todos los problemas de éste país se reducen al simple objetivo de que la administración en general de éste país está viciada de forma alarmante por la corrupción.

Erradicar la corrupción por completo de éste país es algo que sin duda suena muy utópico. Recuerdo que en alguna ocasión quise presentar alguna investigación en la universidad acerca de cambiar la mentalidad de la gente para lograr que esta pudiese cambiar de fondo su actitud hacia su entorno y empezar a tomar más interés en empezar a cambiar el rumbo de las cosas. Y el marco teórico de ésta idea fue rechazado precisamente por eso: por ser algo utópico, o por decirlo de otra manera, casi imposible. Doy la razón en que es utópico, pero no en que sea imposible.

A lo largo de la historia de nuestro país, han habido constantes luchas por la obtención del poder a cualquier costo. Si bien los métodos de antes (levantamientos en armas, guerrillas tras guerrillas) han cambiado significativamente desde entonces hasta ahora (lavado de dinero, tráfico de influencias, declaraciones denominadas como “Guerra Sucia”) el propósito final de todo aquél que toda la política en algún momento, es siempre uno mismo: la riqueza propia a expensas de las clases más marginadas. Pero hay algo que la sociedad no entiende: los políticos no siempre han estado arriba. En algún momento debieron formar parte de alguna clase social cuya situación fuese desfavorable. Todos empezamos desde abajo, o al menos la mayoría.

¿Cuál es el problema entonces?
El problema es que las personas que conforman la sociedad actual se fueron deslindando poco a poco del comportamiento ético y moral que tanto destacaba en generaciones anteriores; que empezaron a desafiar reglas y normas que estaban establecidas de mucho, pero muchísimo tiempo atrás. O al menos pienso, particularmente, que la frase “Las reglas se hicieron para romperse” difícilmente tiene más de un siglo de existencia.

Como en algún otro escrito lo expuse, el verdadero problema, pues, de esta sociedad, de éste México, es la crisis de valores por la que ha estado y sigue atravesando el país. ¿Cómo, por qué y desde cuándo fue tan usual ver a jóvenes menores de 18 años consumir alcohol, tabaco y mantener una vida sexual activa desde edades tan tempranas? ¿Quién inculcó o dejó de inculcar éstos comportamientos?

Sé que no mucha gente es la que está leyendo las palabras que ahora escribo, pero a través de éste blog hago un llamado a la reflexión general y a empezar a sumar esfuerzos para empezar a cambiar la actitud de ésta sociedad y de ésa manera empezar a cambiar de forma significativa la aptitud de nuestro país para afrontar situaciones adversas.

¿Que quién soy para decir esto?
Nadie, no soy nadie, pero pienso hablo y escribo porque puedo, y porque creo que éste país puede cambiar todavía.

Un día normal.

Al despertar recuerdo inmediatamente dos cosas: estoy en casa de mi tía en una cama que no es la mía y que se siente más cómoda y hoy es el tercer día en el que las operaciones de la ciudad serán bloqueadas casi en su totalidad. Habrá, sí, algunos establecimientos abiertos, pero no suficientes. La arteria principal de la ciudad será cerrada al tráfico vehicular mientras que la valla humana que recibirá a cierta persona empieza a organizarse y a ocupar su puesto a lo largo del boulevard. Todo para ver encaminarse a la catedral de la ciudad a un hombre más, entrado en años, y que inevitablemente atrae la atención de cualquiera hacia sí mismo. Menos, claro está, mi propia atención.

Cierto es que es un hombre venerable por ser ya un anciano.  Que es un jefe de estado, que no viene todos los días, que miles de personas tienen fé en él. Pero de éso a llamarle “Santo Padre”… Es decir ¿Quién, cómo, dónde y cuándo tomó la decisión de llamarle así? ¿Quien le santificó? ¿Quien le hizo padre? Y más importante aún ¿Qué considera la persona que así le llamó que es un padre? Nada de especial tiene para mí ésta persona, puesto que es sólo un hombre más como cualquiera de nosotros.Respira, camina, duerme, come, y ha envejecido como cualquier otro ser humano ordinario ¿Qué le hace ser entonces tan extraordinario como para detener la logística y operación de toda una gran urbe y generar gastos que pueden usarse con otro propósito? ¿No exagera el Estado Mayor al financiar de tal manera sólo para recibir a un Jefe de Estado más? ¿No es éste un estado laico? Pienso, hacia mis adentros, que en ninguna visita que haya realizado el presidente de la nación vecina se procedió de tal forma, deteniendo la actividad de la ciudad, tomando decisiones por gente no involucrada y/o interesada, y en algún momento advertir que las comunicaciones también serán interrumpidas durante la visita de dicho Jefe de estado, cosa que afortunadamente no sucedió y pude seguir disfrutando de mi conexión a Internet y de los partidos de Tennis sin ningún problema.

Sabía, entonces, que la actividad vehicular sería interrumpida en algún momento, pero a qué hora exactamente, no tenía la certeza. De modo que, tras pensarlo mucho, salí de la casa que se me había encomendado durante todo el fin de semana para entonces regresar a mi propia casa a pie. Un camino de 30 minutos a paso tranquilo me esperaba por delante. Al salir me percaté de que, a pesar de ser un día domingo, normal, como cualquier otro, había un imperativo silencio alrededor, el cual se rompía por el soplar del viento chocando con las ramas de los árboles, algunas aves cantando e insectos como grillos realizando su peculiar sonido. No es precisamente el modo en el que te sabes dentro de una unidad habitacional de estilo más bien popular en domingo, pero aún a pesar de ello, el silencio y la soledad en las calles me sentaban bien, iban bien conmigo. Aunque, como toda persona que de alguna manera se preocupa por su prójimo, seguía sintiendo ésa incomodidad y esa pena ajena por la gente que se deja influenciar por ésa ciencia falsa, así vista desde mi perspectiva.

De modo que, mientras iba caminando, dejó de sorprenderme el hecho de que las calles estuvieran vacías casi en su totalidad, de que a cada cambiar del semáforo sólo uno o dos autos se empezaran a mover, seguidos de la nada y del relativo vacío que dejaban a su paso, tales como esos microorganismos o los gases expulsados de los escapes que no logro distinguir a simple vista.

Encuentro a mi paso 2 o 3 personas únicamente, aunque fuera de sus propias casas, lo que me hace pensar que soy el único extraño que está caminando un domingo por la tarde siendo las 4 pasadas, andando a la mitad de la avenida sin ningún riesgo ni peligro. Al llegar a la avenida más importante de la ciudad encuentro un panorama un poco más activo, aunque no del todo diferente. Sólo caminando unos metros más adelante es que entonces puedo entender la realidad por la que en éste sitio está pasando.

Una sociedad, en su gran mayoría, ferviente de un credo que por todos es cuestionado. Muchas personas de éstas personas actuando hipócritamente, estando físicamente en ése enorme claustro llamado catedral, sin sentir emoción ni entusiasmo alguno, con la mente en otro lado, deseando que el momento termine pronto, para estar donde se quiere estar, para poder tener derecho entonces a dejar de fingir, que realmente le importa su religión, a seguir burlándose de aquel, a seguir envileciéndose en alcohol y a dejar de tener que cumplir con su forzada, impuesta y santurrona penitencia. Y aún así, a seguir creyendo en la misma religión, por tradición, por convicción o por obligación moral. O simplemente por no tener otra alternativa. Se ha dicho que no importa cuán falso sea un ideal o qué tan equívoco sea un camino a seguir; si te empeñas en seguirlo, lo haces tuyo y, por tanto, es bueno a tu juicio, aunque las pruebas que te demuestran que es falsa ahí están, te aferras y defiendes tu causa, sin cambiar de opinión, sin dejarte persuadir de nada. Ahí está entonces. Ondeando, flagrante, triunfante e imponente, la bandera blanca y amarilla. Ondea sobre la ignorancia, la hipocresía y la negación de todo un pueblo que se inclina ante un simple hombre, ante un grupo de hombres, ante eso que ellos llaman la iglesia, la Santa Madre, la Infalible e inequívoca. La verdadera.

Dios libere esta patria.

En la esquina del café.

Dos y treintaicinco de la tarde. Es una tarde inusual tomando en cuenta que el invierno no ha finalizado y ya está haciendo calor. Apenas hace algunos días el ambiente estaba por debajo de los 15 grados en temperatura máxima, cuando es ésa misma temperatura la que ahora tenemos como mínima.

Es inusual porque, por pura inercia más que por sentido común, he pedido un espresso caliente en vez de ordenar un frappé como se acostumbra con éste tipo de clima. Alguien me dijo alguna vez que era de idiotas usar al clima como un tema de conversación relevante. Cualquiera puede opinar de éso aunque, en mi particular caso, me es complicado iniciar una charla con cualesquiera persona que apenas conozco para comenzar a intercambiar opiniones.

No así me ha pasado con el taxista que me ha traído hasta aquí. Escuchábamos por las noticias que un político había expresado su inconformidad y disgusto con una reforma que permitía a los homosexuales casarse y adoptar hijos. Tanto el taxista como yo teníamos cada uno su propia perspectiva del tema. Que si es tema tabú, que si es antinatural, que si está o no bien visto por la sociedad, que si son humanos también, que exigen demasiado, que si es o no sano para un niño tener dos padres homosexuales… En mi particular caso, yo no estaba de acuerdo con dicha reforma, aunque también opinaba que dicho político pudo haber externado su incomodidad con la misma de una manera más refinada y ortodoxa.

De cualquier forma, Norma no parece aparecer por ningún sitio.

Después de que publiqué en la columna de la revista aquél relato, muchos colegas me felicitaron por la manera en la que estaba desarrollada la trama, no sin hacerme saber que aún había muchas cosas por mejorar. Aunque realmente no perseguía su aprobación completa, o siquiera la aprobación del director de la editorial para que éste decidiese si iba o no a publicarse; más que todo eso me interesaba que ella fuese quien lo leyera. Más había a mi favor al lograr que todos pensaran que se trataba de una historia ficticia, surgida de una mente que sin duda estaba necesitada de lectores y atención, y que tenía poca y casi nula experiencia en el campo de las letras.

Aunque todavía me falta mucho para lograr escribir un libro, el que dicho relato haya aparecido por fin publicado me abría muchas puertas y me daba muchas esperanzas, por más escasas que éstas fueran. Había todavía un largo trecho por recorrer.

Un buen día, un par de semanas después de publicado mi relato, llegó a mis oídos el comentario de que una lectora recién llegada a la ciudad estaba interesada en concertar una cita conmigo, el autor de dicho relato. El hecho me perturbó un poco al principio, pero entonces supe que había logrado mi cometido. Ella me había encontrado.

Supongo que fue una buena idea de mi parte colocar todo el escrito en letra cursiva a excepción del final, en el cual expresaba mi frustración por no lograr encontrarle de nueva cuenta. Frustración que se esfumó finalmente al momento que escuché de nueva cuenta su voz al otro lado del auricular del teléfono de mi oficina. Fueron sin duda los 20 minutos mejor invertidos pegado a un teléfono, tomando en cuenta que había recibido la llamada en el preciso instante en el que me disponía a irme a tomar mi tiempo de comida.

Mis compañeros de mesa notaron un humor mucho más alegre y extrovertido de lo normal en mí, de manera que me preguntaron qué es lo que ocurría. Entonces les conté todo desde el principio, hasta llegar a la llamada de hacía apenas unos cuantos minutos. Algunos de ellos no me lo creyeron, pero los demás dijeron sentirse muy confortados por mí.

Durante esa llamada telefónica, concertamos nuestra cita para el día de hoy sábado, a ésta hora aproximadamente, para entonces intercambiar palabras y saber qué ha sido de la vida de cada uno, en éstos muy largos once años. Pero aún a pesar de lo espontáneo que ha sido todo ésto, a pesar de éstos largos once años, a pesar de haber perdido casi la mitad de mi sangre en aquél incidente y de pasó romperme la mano derecha, sigo pensando exactamente lo mismo que en aquél entonces. Sí, sí ha valido la pena.

Ésta es una de esas historias que parecieran que nunca pasaron, que bajo ninguna circunstancia podrían ocurrir y que muy difícilmente pueden suceder actualmente. Pero no me importa lo que piense la gente acerca de que si una historia como la mía se dió, se da, o se dará en algún momento y éso es, a final de cuentas, lo que le da sentido a ésta historia, casi ficticia, casi irreal.

Ahí viene Norma. A comparación de mí, ella no ha cambiado casi nada, y éstos once años han dejado más estragos y huellas en mí que en ella. Y me alegra, porque finalmente le he podido ver de nuevo, tal y como le recordaba desde entonces, ya sin el uniforme de secundaria, ya con su indumentaria de mujer.

- Y entonces… ¿Ha valido la pena?

- Sí, ha valido completamente la pena.

Hora de despertar.

El Profesor de Matemáticas.

Érase una vez un ingenuo y joven yo que estaba por entrar a cuarto cuatrimestre. Conocía de antemano a todos los profesores que iban a impartirnos clase, menos al profesor de Matemáticas, cuyo nombre al leerlo en los horarios publicados me pareció familiar. Había escuchado de mala fama que era alguien muy “cabrón”.
Pues bien, en mi curiosidad por saber quién era, me dirigí con mi entonces maestra de Inglés, quien hablaba con un señor bajito y delgado. Le pregunté entonces si sabia quien era dicho profesor cuya identidad me tenía intrigado, y de quien había escuchado que era muy “cabrón” (sí, así se lo dije). Ella me dijo que no sabía, y que no podía ser tan mal profesor como me habían dicho que era.
Salgo del plantel y afuera me encuentro a un profesor que me había impartido las clases de inducción a la preparatoria, pero que jamás me impartió una materia como tal, a quien le pregunte quién era dicho profesor, y el me respondió diciendo que era ése señor hablando con mi maestra de Inglés…

Pueden adivinar quien fue la comidilla del profesor en los restantes 3 SEMESTRES DE MATEMÁTICAS que él mismo impartió a nuestro grupo.
Por cierto, él es el autor de los libros de Matemáticas que usaban todos en la escuela en ése entonces, por ello que me sonara familiar su nombre.

Uno de los tantos tantos tantísimos osos que me tocó vivir en preparatoria. Y a decir verdad es uno de los mejores profesores que he tenido.