Dos y treintaicinco de la tarde. Es una tarde inusual tomando en cuenta que el invierno no ha finalizado y ya está haciendo calor. Apenas hace algunos días el ambiente estaba por debajo de los 15 grados en temperatura máxima, cuando es ésa misma temperatura la que ahora tenemos como mínima.
Es inusual porque, por pura inercia más que por sentido común, he pedido un espresso caliente en vez de ordenar un frappé como se acostumbra con éste tipo de clima. Alguien me dijo alguna vez que era de idiotas usar al clima como un tema de conversación relevante. Cualquiera puede opinar de éso aunque, en mi particular caso, me es complicado iniciar una charla con cualesquiera persona que apenas conozco para comenzar a intercambiar opiniones.
No así me ha pasado con el taxista que me ha traído hasta aquí. Escuchábamos por las noticias que un político había expresado su inconformidad y disgusto con una reforma que permitía a los homosexuales casarse y adoptar hijos. Tanto el taxista como yo teníamos cada uno su propia perspectiva del tema. Que si es tema tabú, que si es antinatural, que si está o no bien visto por la sociedad, que si son humanos también, que exigen demasiado, que si es o no sano para un niño tener dos padres homosexuales… En mi particular caso, yo no estaba de acuerdo con dicha reforma, aunque también opinaba que dicho político pudo haber externado su incomodidad con la misma de una manera más refinada y ortodoxa.
De cualquier forma, Norma no parece aparecer por ningún sitio.
Después de que publiqué en la columna de la revista aquél relato, muchos colegas me felicitaron por la manera en la que estaba desarrollada la trama, no sin hacerme saber que aún había muchas cosas por mejorar. Aunque realmente no perseguía su aprobación completa, o siquiera la aprobación del director de la editorial para que éste decidiese si iba o no a publicarse; más que todo eso me interesaba que ella fuese quien lo leyera. Más había a mi favor al lograr que todos pensaran que se trataba de una historia ficticia, surgida de una mente que sin duda estaba necesitada de lectores y atención, y que tenía poca y casi nula experiencia en el campo de las letras.
Aunque todavía me falta mucho para lograr escribir un libro, el que dicho relato haya aparecido por fin publicado me abría muchas puertas y me daba muchas esperanzas, por más escasas que éstas fueran. Había todavía un largo trecho por recorrer.
Un buen día, un par de semanas después de publicado mi relato, llegó a mis oídos el comentario de que una lectora recién llegada a la ciudad estaba interesada en concertar una cita conmigo, el autor de dicho relato. El hecho me perturbó un poco al principio, pero entonces supe que había logrado mi cometido. Ella me había encontrado.
Supongo que fue una buena idea de mi parte colocar todo el escrito en letra cursiva a excepción del final, en el cual expresaba mi frustración por no lograr encontrarle de nueva cuenta. Frustración que se esfumó finalmente al momento que escuché de nueva cuenta su voz al otro lado del auricular del teléfono de mi oficina. Fueron sin duda los 20 minutos mejor invertidos pegado a un teléfono, tomando en cuenta que había recibido la llamada en el preciso instante en el que me disponía a irme a tomar mi tiempo de comida.
Mis compañeros de mesa notaron un humor mucho más alegre y extrovertido de lo normal en mí, de manera que me preguntaron qué es lo que ocurría. Entonces les conté todo desde el principio, hasta llegar a la llamada de hacía apenas unos cuantos minutos. Algunos de ellos no me lo creyeron, pero los demás dijeron sentirse muy confortados por mí.
Durante esa llamada telefónica, concertamos nuestra cita para el día de hoy sábado, a ésta hora aproximadamente, para entonces intercambiar palabras y saber qué ha sido de la vida de cada uno, en éstos muy largos once años. Pero aún a pesar de lo espontáneo que ha sido todo ésto, a pesar de éstos largos once años, a pesar de haber perdido casi la mitad de mi sangre en aquél incidente y de pasó romperme la mano derecha, sigo pensando exactamente lo mismo que en aquél entonces. Sí, sí ha valido la pena.
Ésta es una de esas historias que parecieran que nunca pasaron, que bajo ninguna circunstancia podrían ocurrir y que muy difícilmente pueden suceder actualmente. Pero no me importa lo que piense la gente acerca de que si una historia como la mía se dió, se da, o se dará en algún momento y éso es, a final de cuentas, lo que le da sentido a ésta historia, casi ficticia, casi irreal.
Ahí viene Norma. A comparación de mí, ella no ha cambiado casi nada, y éstos once años han dejado más estragos y huellas en mí que en ella. Y me alegra, porque finalmente le he podido ver de nuevo, tal y como le recordaba desde entonces, ya sin el uniforme de secundaria, ya con su indumentaria de mujer.
- Y entonces… ¿Ha valido la pena?
- Sí, ha valido completamente la pena.
Hora de despertar.